La inmigración
El
movimiento social de la inmigración es un problema que afecta a
todos. Desde el apartado de ver, la Doctrina Social de la Iglesia
observa la problemática y sus consecuencias. En nuestros días son
numerosas las personas que se dirigen a países más desarrollados
que los suyos, huyendo del hambre, las guerras, el desempleo. La
Doctrina social de la Iglesia, desde sus comienzos, ha mostrado
especial sensibilidad ante un drama humano ante el que hay que dar
una respuesta. La metodología que usa la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), se basa en tres conceptos: ver, juzgar y actuar. Este trabajo intenta seguir esta metodología.
La Constitución apostólica “Exsul Familia
Nazarethana”, del papa Pío XII, en 1952, fue la que sentó unas
bases concretas sobre este problema. Es un fenómeno complejo en sus
causas y consecuencias, y que la doctrina social de la Iglesia lo ve
desde un contexto de globalización, por la propia interdependencia
de los Estados. La primera consideración es que la globalización ha
derribado barreras económicas y de información pero no la libre
circulación de personas. Otro punto a observar es el cambio
demográfico en las sociedades desarrolladas, cada vez nacen menos
niños, se necesitan más mano de obra cualificada y no cualificada;
y se crean expectativas laborales y de promoción personal
interesantes. La doctrina social de la Iglesia juzga este problema en
su aspecto positivo, ya que lo considera más una oportunidad para el
desarrollo de los países receptores que un obstáculo (CDSI, 297).
Pasando
al apartado de juzgar la Doctrina Social de la Iglesia, a través de
sus numerosas intervenciones, nos señala como punto de partida la
visión bíblica del fenómeno migratorio. Así el pueblo de Israel,
el Pueblo de Dios, fue migrante y experimentó la esclavitud y el
trabajo fuera de su tierra. El Talmut recuerda que
cada
una de las generaciones tiene que considerarse a sí misma como
salida de Egipto, lo que nos posiciona a los creyentes como pueblo
errante. El extranjero era considerado en Israel como alguien sin
derechos y perteneciente a los más pobres de la sociedad,
igualándolo al huérfano o a la viuda, (Dt 14,29). En el Nuevo
Testamento hay una serie de claves hermenéuticas sobre la acogida
del inmigrante. Jesucristo murió fuera de las murallas de la ciudad,
su vida pública fue itinerante, de ciudad en ciudad. La familia de
Nazaret huye a Egipto perseguida. La preferencia por el pobre
manifiesta también la acogida del forastero: “Porque tuve hambre y
me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y
me hospedasteis,…”, (Mt 25,35). La caridad manifestada por
Jesucristo en su vida y obras, nos indica el camino a seguir con el
emigrante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, (Mt 22,39),
siendo la parábola del Buen Samaritano el paradigma radical de la
caridad y misericordia, (Lc, 10,30-37).
La
Doctrina social de la Iglesia tiene dos ejes principales: la dignidad
de la persona, creado a imagen y semejanza de Dios; y La
sociabilidad del ser humano, base de nuestro desarrollo como
personas. Estos ejes son el punto de partida de la Doctrina social de
la Iglesia que entiende la Declaración de los Derechos Humanos de
1948 como la dirección correcta hacia la solidaridad. Esta
solidaridad tiene una vertiente personal, otra comunitaria y otra
política. La solidaridad es un imperativo para la ética cristiana
que debe moverse desde esas tres vertientes hacia el bien común.
La
Doctrina social de la Iglesia nos propone el modo de actuar ante la
inmigración. En primer lugar salvaguardar los derechos inalienables
de los migrantes (CV, 62), a nivel personal y familiar. Todo
individuo tiene derecho a emigrar donde crea más oportuno, (GS, 65).
El derecho de los Estados a regular la inmigración basándose en
criterios de equidad y equilibrio, (CDSI, 298). Junto al derecho de
emigrar hay un “derecho a no emigrar”, ya que lo ideal es que las
personas no tengan que abandonar su país. El “derecho a no
emigrar” es responsabilidad tanto del Estado de origen como de la
comunidad internacional. La globalización crea brechas y
desigualdades que deben ser subsanadas por la comunidad
internacional. Otra cuestión importante es la integración de los
inmigrantes en la sociedad receptora. La Doctrina Social de la
Iglesia no acepta ninguna de las dos posturas extremas: asimilación
y marginación. Con la primera se impone al inmigrante la aceptación
del modelo nacional de convivencia a costa de anular cualquier
aspecto social, cultural o religioso. Con esta postura el inmigrante
asume todo el esfuerzo de integración. Con la postura de la
marginación no se exige al inmigrante ningún esfuerzo de
integración, produciéndose a veces “ghettos” culturales y
sociales. El término intermedio es el que propugna la Doctrina
social de la Iglesia, la integración social del inmigrante que debe
aprender la lengua, las leyes, exigencias laborales y sanitarias,
aceptación de valores democráticos; y por otro lado el Estado debe
impedir la anulación de su identidad cultural.
Como
conclusión podemos unirnos a las palabras del Papa Francisco que
dirigió en la “VI edición del Forum Internacional “Migración y
Paz” sobre integración y desarrollo: de la reacción a la
acción.”, donde se indicaban acciones concretas del cristiano ante
la inmigración: Cambiar de actitud ante el fenómeno, superar la
indiferencia y anteponer a los temores una generosa actitud de
acogida hacia aquellos que llaman a nuestras puertas. En segundo
lugar proteger al inmigrante como imperativo moral, a través de los
instrumentos jurídicos, internacionales y nacionales, claros y
pertinentes que luchen contra “los traficantes de carne humana que
se lucran”. En tercer lugar promover el desarrollo humano integral,
comenzando en las comunidades de origen y promoviendo el derecho de
“no tener que emigrar”.
Nomenclatura
CDSI= Compendio Doctrina Social de la Iglesia
CV= Caritas in Veritate
GS= Gaudium et Spes